Anticooperación

Esta entrada ha sido escrita por Kevin Watkins, director del Overseas Development Institute y autor del informe del African Progress Panel Grano, pescado, dinerodel que habla Gonzalo Fanjul en Planeta Futuro.

Tomado de blog 3500 millones de El País (7 de mayo de 2014): El lucrativo negocio de las remesas hacia África

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Foto: Diaspora Alliance.

En la era de la banca móvil, la globalización financiera y los rápidos cambios tecnológicos, el coste de enviar dinero de los países ricos a los pobres debe estar cayendo a plomo, ¿no? Pues no. Cuando los inmigrantes de África envían remesas desde países como España a sus familiares y amigos de casa, se enfrentan a los costes más altos de transferencia de dinero de todo el mundo, y no parece que esto vaya a cambiar.

Las remesas constituyen un salvavidas financiero en buena parte de África. Con ellas se costean gastos esenciales como la educación, la salud, la nutrición o los pequeños negocios. Cuando Somalia sufrió el impacto de una devastadora sequía en 2009, las remesas salvaron miles de vidas mientras la comunidad humanitaria internacional perdía el tiempo. A diferencia de la ayuda, que procede de los contribuyentes y va destinada a los gobiernos, las remesas son costeadas por inmigrantes que han trabajado duro para obtenerlas y van directamente al bolsillo de los destinatarios. Ayudan a la gente a ser más independientes y a escapar de la pobreza.

Todo esto hace poco defendibles los gastos en el envío de remesas que se ven obligados a pagar los inmigrantes. Como media, un africano debe pagar un 12 por ciento para enviar a casa 200 dólares, casi el doble de lo que costaría un envío nacional. El G8 prometió en 2008 rebajar los costes globales del envío de remesas al 5 por ciento: desde entonces, los costes para África se han elevado.

Si quiere hacerse una idea del mundo en el que viven los inmigrantes que intentan ayudar a sus familias, dese una vuelta por la oficina más cercana de Western Union o MoneyGram. Hoy mismo, una enfermera de Sierra Leona que envíe dinero a casa para pagar la educación de su hija, hermano o hermana deberá abonar a MoneyGram un 16 por ciento. Un trabajador etíope de la construcción pagará a Western Union una tasa similar.

En un informe titulado Lost in intermediation –que publiqué el mes pasado junto con María Quattri- estimábamos las pérdidas en las que incurren los africanos como consecuencia de este “súper-impuesto” a las remesas. El total está alrededor de los 1.800 millones de dólares anuales. Para expresarlo en términos menos monetarios, esta cifra sería suficiente para escolarizar a 14 millones de niños o facilitar agua potable para 21 millones de personas.

¿Quién se beneficia entonces del sistema actual? A los accionistas de Western Union y MoneyGram les va de maravilla. Entre las dos compañías copan algo así como dos tercios del total del mercado de transferencias de remesas a África. Ambas aplican abultados porcentajes únicos sobre cada remesa, a los que añaden (por lo general sin declararlo) un recargo en forma de tipos de cambio no favorables. Cuando una compañía es capaz de generar márgenes del 20 ciento sobre lo que esencialmente constituye un apunte contable electrónico –que es exactamente lo que hacen MoneyGram y Western Union-, algo funciona mal en el mercado.

Lo que sí está yendo mal en el mercado de las remesas es la falta de competencia. Las regulaciones financieras de África normalmente exigen que las operaciones de remesas se realicen a través de bancos. Esto resulta dañino por dos razones: primero, los bancos africanos combinan un alcance limitado con unos costes de estructura notoriamente altos. Segundo, Western Union y MoneyGram han negociado “acuerdos de exclusividad”. Estos acuerdos prohíben a sus socios comerciales y agentes del sector bancario trabajar con los competidores, lo que consolida su posición dominante.

El sistema actual puede ser bueno para Western Union y MoneyGram, pero es malo para millones de africanos. Las remesas deben formar parte de las prioridades en la agenda del desarrollo internacional. Los gobiernos de los países ricos deben actuar con urgencia para revisar las prácticas de los operadores de transferencia de dinero con el objetivo de proteger los intereses de los consumidores. Una prioridad inmediata es incrementar la transparencia en los cargos por cambios en la moneda extranjera.

Los gobiernos africanos también tienen un papel que jugar. Las autoridades de los bancos centrales de varios países –incluyendo Nigeria, Senegal y Túnez- han creado normas en contra de los acuerdos de exclusividad entre los bancos y los operadores de transferencia de dinero. Las autoridades de la competencia en Gambia han encontrado a “los dos grandes” culpables de una falta de restricción de las prácticas empresariales. Aún así, demasiado a menudo la legislación es parcial y se aplica de manera defectuosa. Más aún, los gobiernos africanos han sido reacios a desmantelar el entramado de los bancos comerciales sobre las remesas, en parte porque estos mismos bancos financian la deuda del gobierno y en parte porque en algunos casos llenan los bolsillos que sostienen poderosos intereses.

La inmigración es un asunto polémico. Pero, con independencia de lo que uno piense sobre ella, deberíamos ver los costes en los que incurren los africanos a la hora de enviar dinero a casa como un triunfo indefendible de los estrechos intereses privados sobre el interés público más amplio de promover el desarrollo autónomo y la reducción de la pobreza.

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  • El colapso de los glaciares aumentará el nivel del océano hasta en 1,2 metros.

Unos pingüinos en la Antártida. / GETTY IMAGES

El colapso de los glaciares en la extensa región de hielo de la Antártida occidental parece inevitable. Dos equipos científicos independientes pero trabajando sobre la misma zona llegan a la misma conclusión de que el proceso, que se puede acelerar en el futuro, ha empezado ya. La buena noticia, dice la revista Science, donde se da a conocer una de las investigaciones, es que aunque la palabra colapso implique cambio rápido, el escenario más veloz es de 200 años, y el más lento, de 1.000. Pero la mala noticia es que ese colapso es inevitable. Y tal es la cantidad de hielo acumulado en la Antártida occidental, que su fusión provocaría una elevación del mar de 1,2 metros. “Este sector será uno de los contribuyentes principales a la subida del nivel del mar en las décadas y siglos venideros”, señala el glaciólogo Eric Rignot, científico de la Universidad de California en Irvine y de la NASA en el Jet Propulsion Laboratory.

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Aunque los procesos implicado son complejos, los científicos señalan como principal desencadenante el flujo de aguas más calientes en torno al continente blanco que va lamiendo el borde de los glaciares al hacerlos más frágiles. “Hasta ahora cuando veíamos el adelgazaiento [de los glaciares] no sabíamos si se ralentizaría más tarde, de modo espontáneo o por algún efecto de retroalimentación”, señala Ian Joughin, glaciólogo de la Universidad de Washington y líder del grupo que da a conocer sus resultados enScience esta semana. “No hay un auténtico mecanismo de estabilización que podamos ver”, añade.

La Antártida es un escollo especialmente difícil para los científicos del cambio climático, donde múltiples factores se entrecruzan e influyen mutuamente. No es el aumento de la temperatura del aire allí lo que produce las alteraciones, sino el calentamiento de las aguas oceánicas,los cambios en los regímenes de vientos que las empujan hacia las costas heladas, la dinámica propia de los glaciares, etcétera. En concreto, sobre la estabilidad de los glaciares de la región occidental ha habido debates desde hace tiempo.

Joughin y sus colegas se han centrado en un glaciar en concreto, el Thwaites, para investigar su sensibilidad a la fusión producida por el calentamiento del mar y su estabilidad. Han combinado datos de satélite con un modelo avanzado desarrollado por ellos que, de entrada, reproduce con rigor la evolución de esa masa de hielo en los últimos 18 años, lo que lo valida su fiabilidad. Luego han dejado correr su simulación hacia el futuro en distintos escenarios de velocidad de fusión del hielo, dependiendo de la cantidad de calentamiento. En el peor de los casos, el ritmo de pérdida de hielo se mantiene moderado durante los próximos 200 años y entonces empieza la fase acelerada de colapso; en el caso más conservador, se aplaza el proceso a 1.000 años, pero los investigadores señalan que el escenario más probable se sitúa entre 200 y 500 años.

Plazos similares encuentra el otro equipo de científicos, liderado por Rignot y que da a conocer sus resultados en la revista Geophysical Research Letters. Ellos se han ocupado de seis glaciares de la Antártida occidental, incluido el Thwaites. Su conclusión es contundente: “Han pasado el punto de no retorno”.

La enorme extensión helada de esa zona del continente blanco está en declive irreversible y no hay obstáculos que impidan la fusión de ese hielo en el océano, fusión que está siendo más rápida de lo que se creía hasta ahora. Estos glaciares ya contribuyen en gran medida a la subida del nivel del mar que se está registrando en el planeta, dado que aportan casi tanta agua al océano anualmente como toda la capa helada de Groenlandia, apuntan.

Los cambios en el flujo de los glaciares, la parte de ellos que flota sobre el mar en la costa y la pendiente del terreno por la que se desplazan son los factores clave de su evolución. El primer punto, la aceleración del flujo de los glaciares en esa región del continente blanco en los últimos 40 años ya se conocía, el mismo Rignot y su grupo de investigación han tratado el fenómeno recientemente. Ahora, con nuevos análisis de los datos de radar tomados por satélites (sobre todo los ERS-1 y ERS-2 de la Agencia Europea del Espacio, ESA), se ocupan de los otros dos factores, la parte flotante de los glaciales y el terreno en el que se asientan.

A medida que los glaciares adelgazan aumenta su extensión flotante y los investigadores afirman que han adelgazado ya tanto que ahora flotan en zonas donde antes estaban sólidamente reposando en el fondo. La aceleración del desplazamiento de los hielos y su adelgazamiento están directamente relacionados: al ser más rápido su flujo, se estiran y adelgazan de forma que una mayor extensión de ellos se convierte en hielo flotante. También la topografía influye ya que en esa región del terreno está bajo el nivel del mar, lo que significa que al reducirse, el glaciar no alcanza el mar y el agua más templada se acumula y acelera su fusión. En cinco de los seis glaciares estudiados no hay obstáculos en el terreno que contengan el hielo.

“El colapso de este sector de la Antártida parece imparable y el hecho de que el retroceso de los glaciares se esté produciendo simultáneamente en un área tan grande sugiere que está desencadenado por una causa común, como el incremento de la cantidad de calor oceánico bajo las partes flotantes de los glaciares, así que parece inevitable el fin de este sector”, concluye Rignot.

  • Un informe de la Casa Blanca muestra los estragos del cambio climático
  • El presidente apoya las evidencias científicas en televisión

Tomado de El País (6 de mayo de 2014): EE UU prueba a sus ciudadanos que el calentamiento es real

Bomberos trabajando en un incendio forestal en California. / ATLAS / AP

Los efectos del cambio climático ya no son una amenaza lejana, un problema que se pueda postergar. Tal y como alertaron los científicos de la ONU hace unos meses, la subida del nivel del mar, la acidificación de los océanos, las sequías y las inundaciones van dejando su impronta en todo el mundo. Y Estados Unidos, el segundo país —por detrás de China— que más gases de efecto invernadero emite, es mucho más consciente desde que este martes la Casa Blanca hizo público un informe que alerta sobre las consecuencias del calentamiento en su territorio: dependiendo de dónde vivan, los estadounidenses tendrán más dificultad para acceder al agua, sufrirán más lluvias torrenciales o verán mermadas las cosechas.

El informe, elaborado durante cuatro años por más de dos centenares de científicos y varias agencias gubernamentales, pretende exponer la literatura científica disponible acerca de un problema que preocupa a todos los líderes mundiales. Especialmente, a medida que se acerca la decisiva cita que tienen el año que viene en París, donde la cumbre del clima debería sustituir —y mejorar— el protocolo de Kioto y asignar un nuevo reparto internacional de emisiones. El llamado Informe Nacional del Clima es el tercero que encarga la Casa Blanca. Sin embargo, ninguno de los otros dos presidentes apoyó sus conclusiones como lo hizo ayer Barack Obama: el presidente dio varias entrevistas en televisión para hablar del cambio climático.

¿Pretende Estados Unidos reemplazar a Europa en el liderazgo de la lucha contra el calentamiento global? Manuel de Castro, catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha y uno de los autores del último informe del IPCC (el panel de expertos de la ONU), señala que aún es pronto para asegurarlo —“el próximo año en París vamos a tener una excelente ocasión de comprobarlo”, dice— pero valora que el hecho de que Obama “haga bandera” del informe “podría hacer pensar que se va a tomar más en serio el asunto”. El presidente tiene, eso sí, “muchos intereses que juegan en contra, empezando por las reservas energéticas fósiles que parece que les van a convertir en autosuficientes”. Aún no se puede afirmar que EE UU se quiera poner al frente de la ofensiva global contra el cambio climático, pero si quisiera hacerlo la UE ya no le disputaría el puesto como antes. Tras meses de tiras y aflojas entre los Estados, Bruselas aprobó en enero un compromiso medioambiental para 2030 menos ambicioso que el actual, algo que se ha interpretado como un paso atrás en su liderazgo internacional en materia de cambio climático.

Desde Washington, en cambio, ayer se lanzó la que sus autores consideran “la mayor señal de alarma” sobre la urgencia con la que EE UU debe responder al desafío del clima. “Ya no estamos hablando de una realidad futura. El cambio climático afecta a todas las regiones del país”, afirmó John Holdren, director de la Oficina de Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca. El asesor defendió que el nuevo informe, “el más exhaustivo y con mayor autoridad sobre cómo el cambio climático está afectando a EE UU y lo hará en el próximo siglo”, aporta datos a las autoridades para decidir qué medidas deben tomar. Datos que sirven para que el cambio climático sea menos abstracto para el estadounidense medio, explica al teléfono Lou Leonard, vicepresidente de cambio climático de WWF en EE UU. “El informe manda el mensaje de que el calentamiento ya está sucediendo, y que se nota aquí, en el patio de atrás de cada ciudadano”, añade.

En 2012, el mismo año que EE UU padeció los efectos del huracán Sandy, la región central del país era víctima de una de las peores sequías en su historia, un tercio de la población experimentó temperaturas por encima de los 38 grados durante más de diez días y se batieron 356 récords de temperatura en todo el país. El Informe Nacional del Clima analiza los efectos de estos fenómenos en ocho regiones, documentando sus consecuencias en el ámbito de la salud, el transporte, el agua, las infraestructuras, la economía, la energía y la agricultura.

“Durante las últimas décadas hemos detectado los ámbitos en los que ha impactado el cambio climático; ahora, por primera vez, podemos conectar a todos entre sí”, explica Jerry Melillo, presidente del Laboratorio de Biología Marina y asesor de Obama. El cambio climático “afecta a la solvencia y capacidad del sistema de transporte” de EE UU, según el documento, disparará los efectos por “inundaciones en aeropuertos, bahías, puertos, túneles y líneas de tren”, y continuará desafiando la red de producción de energía del país y amenazando la salud de las personas a causa de “incendios, descenso de la calidad del aire, problemas de salud mental y enfermedades transmitidas por la comida el agua o mosquitos”.

La Casa Blanca defiende que el estudio servirá para convencer a los escépticos. Obama necesita su apoyo, especialmente entre los republicanos de la Cámara de Representantes, para aprobar las medidas que permitan responder a los desafíos del clima cuanto antes. El plan contra el cambio climático de la Casa Blanca, de 2013, proponía inversiones en infraestructuras, como carreteras, puentes o incluso hospitales que tengan garantizado su funcionamiento durante huracanes o inundaciones.

El informe relata que durante las últimas cinco décadas las precipitaciones torrenciales han aumentado un 71% en la región del noreste, un 37% en el centro del país y un 27% en el sur. Las altas temperaturas —con una subida media de un grado en los últimos 100 años— pueden ascender 4,5 grados a finales de este siglo. El texto añade que el mayor desafío al que se enfrenta el país es la subida del nivel del mar en la costa Este: la previsión es que ascienda más de 10 centímetros antes del fin de siglo. Los expertos destacan el esfuerzo que deberá hacer la ciudad de Miami para protegerse, con un proyecto multimillonario para evitar los efectos de las inundaciones. En el suroeste, las largas sequías dificultarán la lucha contra los incendios.

La Casa Blanca alerta también de los efectos del cambio climático en la economía. Según sus estimaciones, la reconstrucción y los destrozos causados por el huracán Sandy tienen un coste de 65.000 millones de dólares (47.000 millones de euros). Los efectos de la sequía y las olas de calor costaron otros 21.500 millones de euros y las consecuencias por el empeoramiento del clima en todo el país, 7.900 millones de euros más. El informe destaca asimismo que el coste de no actuar es entre cuatro y diez veces superior al de invertir ahora en medidas de mitigación de los efectos del cambio climático.

Miami hundido

MAYE PRIMERA (MIAMI)

Se teme que la ciudad ya no será tal cuando el siglo XXI termine. Que Miami será una ruina hundida en el Atlántico como consecuencia del paulatino ascenso de las mareas y de una centuria que comienza con la proliferación de millonarias construcciones con una pobre planificación ambiental, a menos de un metro por encima del nivel del mar. Ante el presente de inundaciones que padecen actualmente la ciudad y media docena de condados del sur del Estado de Florida, esta imagen del futuro cobra cada vez más sentido.

Miami y otras ciudades cercanas ya suelen inundarse, no solo con el paso de las tormentas, sino en las noches de luna llena, cuando suben las mareas. En la costa este del sur del Estado, algunas playas e islas de barrera han comenzado a desparecer, y el agua salada ha comenzado a filtrar la red de canales del pantano de los Everglades, sobre el cual están asentados gran parte de los nuevos desarrollos inmobiliarios de la zona. Las autoridades locales temen que la subida del nivel del mar pueda generar, en un futuro no muy lejano, inundaciones en dos sentidos -desde la costa y desde el interior del pantano- y que el agua salada pueda llegar a saturar las tierras agrícolas y contaminar las reservas subterráneas de agua dulce.

Sin embargo, solo cuatro condados del sureste han comenzado a preparar un plan para reducir en 80% las emisiones contaminantes que aceleran el cambio climático y para proteger a sus comunidades de la eventual subida del nivel del mar. El condado de Broward, por ejemplo, ya está restringiendo las construcciones en zonas de riesgo que estén por debajo del medio metro de la elevación sobre el nivel del mar; y otros condados, como Sweetwater, planean invertir en la instalación de bombas para escurrir el agua y hacia el océano. En Miami Beach, una de las áreas de mayor riesgo que suele inundarse incluso durante los días soleados, la municipalidad planea invertir unos 400 millones de dólares en más de 40 estaciones de bombeos y otras mejores urbanísticas para mantener sus calles secas y a salvo.